- Muerte en la litera -

Ramón Fernández FernándezRamón Fernández Fernández

# Fecha de alta: 17/07/2016

# Edad: 67 años

# Ubicación: Ourense

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Un recuerdo del Camino Primitivo

La noche pasada en el albergue fue para recordar. Puede que esta mañana cuando salí de nuevo al Camino, para hacer una nueva etapa, me sintiera mal, tal vez furioso, pero a medida que caminaba y con cada paso que daba recordando la noche, casi llegue a reírme, sí, llegué a reírme.
Pero vamos al relato de la noche, que a medida que lo recuerdo y lo escribo mi sonrisa se va acrecentando y ya no lo siento como algo negativo, lo siento con cariño.
Habitación de albergue. doce camas-literas. La encargada del albergue me dice que escoja la que quiera, solo una esta ocupada y me aconseja que una vez escogida la que desee, ponga la manta encima de esa cama como aviso de que ya esta reservada.
Después del descanso de la tarde en las instalaciones del albergue, muy acogedoras por cierto, llega el momento de irse a la litera a dormir y descansar para afrontar mañana el nuevo día y la nueva etapa del Camino.
Durante la tarde no había coincidido con mis compañeros o compañeras de habitación, solamente había conocido a una peregrina alemana cuando llegué al albergue y que relataré un pequeño episodio más adelante.
Son casi las nueve de la noche, entro y me encuentro con nueve literas ocupadas por mujeres, alemanas según me informó previamente la encargada del albergue. Pienso y concluyo que serán once mujeres en el dormitorio y yo solo como hombre. Todas están a punto de acostarse, por lo que las observo detenidamente una a una.
Espero que no suene a desprecio, o a machismo, mis próximas palabras, no es esa mi intención, y quien me conoce sabe que nunca tuve esas actitudes hacia nadie en mi vida.
Pero debo puntualizar ciertas cosas para un mejor entendimiento. Todas mis compañeras de literas superan con creces los ochenta kilogramos de peso, algunas incluso diría que las tres cifras, es decir, son voluminosas, diría que algunas muy voluminosas, lo que me parece hasta normal, cada uno es como es o como intenta ser, las mujeres gordas tienen un atractivo que las delgadas no tienen.
Ahora me doy cuenta de que ya las había visto visto caminar por los alrededores del albergue, me había fijado en ellas, sin saber que serían mis compañeras de habitación, y había pensado que su peso corporal les estaba pasando factura al caminar.
Pero mi pensamiento ahora no va con dirección a la crítica a sus pesos, más bien siento admiración por ellas de alguna manera, mi pensamiento va a la noche que se avecina en su compañía.
Por mi experiencia en el Camino, tengo observado que las personas obesas ,o simplemente gordas, son más propensas a roncar, aunque eso no quiere decir que las delgadas y los delgados no ronquemos también, yo mismo lo hago a veces.
Pues bien, cuando llega la noche, me voy a acostar y ya me encuentro el dormitorio casi a oscuras y observo que solo falto yo por acostarme y otras dos personas.
Mientras hago mis preparativos para acostarme ya empiezo a escuchar diversos sonidos procedentes de las compañeras de dormitorio que me indican claramente como va ser la noche.
Como de costumbre una vez acostado me pongo a leer. Mi pequeña linterna me ilumina solamente las hojas del libro cuando la coloco colgada de la parte baja del la litera superior.
Aún no siento sueño, no me doy acostumbrado a dormir tan temprano, es algo que llevo mal en el Camino, pero el leer actúa en mi como un somnífero de algún modo.
Pasados unos minutos, quince o veinte, llega mi vecina de litera. Yo duermo en la litera baja, siempre que puedo escoger me decido por la litera baja. Con la poca luz que hay en la habitación no puedo distinguir su cara, pero si su gran figura. Es posible que pase bien del metro ochenta de estatura, y de su peso prefiero no pensarlo, pero calculo que es mucho.
La subida a la litera superior, por esta peregrina germana, me da el primer susto. Ya tenía la sospecha de que con su impulso al subir vuelque la litera conmigo dentro de la cama, pero se queda en un gran balanceo, unas palabras ininteligibles por parte de la germana y la vuelta de las literas a su posición normal con gran estruendo. No hay vuelco, pero las literas se inclinaron más que la Torre de Pisa, y yo sin tener a que sujetarme, solo esperando el desenlace.
Ahora viene mi segundo susto, este más prolongado en el tiempo, como si de una sentencia se tratara que no se acaba de ejecutar para que el reo sufra lo más posible en vida.
A medida que la voluminosa germana intenta meterse en su saco de dormir, o eso imagino, veo las lamas del somier de su cama como se arquean peligrosamente. Me la imagino de rodillas sobre el colchón por las dos montañas invertidas en su colchón que me apuntan de forma amenazadora. Me pongo en guardia porque me temo que las lamas de madera se rompan y la germana caiga encima mía y me aplaste irremediablemente.
Son casi cinco los largos minutos que duró la pelea entre esta peregrina y su saco de dormir, o con la cama, para conseguir su posición ideal, mientras yo pensaba: se rompen las lamas, no se rompen las lamas, me cae encima, me aplasta, muero por asfixia, no puedo pedir auxilio, una muerte lenta.
Pero la pobre germana, o lo que sea, que seguramente necesita descansar, no encuentra la postura ideal dentro de su saco y vuelve a pelearse dentro de él en busca de lo que no encuentra.
El temor que siento se incrementa con el ruido que producen las maderas y las barras metálicas que ampararan su caída y producirán mi muerte por aplastamiento.
Pero encuentra su posición y todo se vuelve silencio, incluso en ese momento no escucho ni un ronquido.
Por fin puedo volver mis ojos al libro del que abandonara su lectura para ponerme en guardia como prevención del accidente esperado.
El silencio se hace raro, casi me sobresalta, es como si todo el recinto guardara silencio esperando el acontecimiento espectacular, es la calma que parece el preludio de la catástrofe que se avecina.
Con el libro en las manos no dejo de mirar hacia arriba, veo las lamas de la litera en tensión, con una curva muy exagerada. El silencio se rompe por un ronquido grande. La germana de la litera ya entró en sueño, y los ronquidos la delatan.
Como si fuera un efecto llamada, comienzan nuevos sonidos desde las distintas literas. Pego el libro abierto a mi pecho y sin sacar la mirada de la litera superior, empiezo a mentalizarme para la noche que me espera, si no me muero antes por aplastamiento germánico.
Vuelvo de nuevo a leer el libro. Espero que como en otras ocasiones me ayude a dormir.
El libro es de Hape Kerkeling, (“Bueno, me largo”) y no me acaba de convencer, le encuentro cosas raras que nada tienen que ver con el Camino, pero no está mal para sonreír de vez en cuando.
Cuando casi me había habituado a los distintos ronquidos entra en el dormitorio la vecina de la litera de mi izquierda. La que faltaba para completar la docena incluyéndome a mi.
A esta mujer, germana también, la conocí casi con risas, por las formas, pues cuando llegué al albergue y me estaba organizando en el dormitorio, sin ninguna persona dentro, salió ella de la ducha en ropa interior pensando que se encontraba sola como cuando entró en la ducha.
El sobresalto fue mutuo, ella casi desnuda y yo mirando fijamente a aquella mujer de mas de metro setenta y... un montón de kilos.
Luego de sonreírnos y yo mirar hacia mis cosas, todo fue normalidad después del susto inicial.
Sabía cuando me acosté que esta germana quedaba con el fisioterapeuta dándose unos masajes. Creo que una decisión muy acertada, pues las veces que la vi por el recinto del albergue casi no daba caminado y su cara a cada paso era la imagen del sufrimiento.
Pues bien, con la llegada de esta última peregrina al dormitorio todo se alborotó de nuevo.
Los ruidos para ir al baño de esta mujer y para acostarse, hicieron que los ronquidos de las demás germanas casi cesaran, pero por contra mi vecina de la parte alta también se despertó, con lo cual, entre gruñidos, volvió a moverse en su saco de dormir con unos movimientos tan bruscos que delataban su mal humor.
De nuevo me puse en guardia, pues esta vez deduje que los movimientos eran más bruscos. Seguro que estaba cabreada por haberse despertado de su corto sueño, sin darse cuenta que debajo estaba la víctima inocente esperando el desenlace final con resignación.
Pasados varios minutos de pánico, por el inmediato aplastamiento, reinó el silencio. Agucé el sentido del oído y me parecía increíble aquella paz silenciosa.
Decidí cerrar el libro y apagar mi pequeña linterna. Me coloqué en posición para dormir casi a cámara lenta, no quería despertar, si ya dormía, a mi vecina de arriba, no fuera ser que con mis movimientos la despertara de nuevo y en un acceso de cólera mi muerte fuera por otro motivo que no el de aplastamiento al que ya me había resignado.
Titular de prensa: “Peregrino muerto por no dejar dormir”
Mientras no dormía, escuchaba el silencio del dormitorio, pero lo bueno poco duró.
La recién acostada empezó los ronquidos con un tono, digamos, bajo, alguien desde otra litera la acompañó con ronquidos graves y cortos, otra participante de la sinfonía se unía con silbidos muy acompasados, y el efecto llamada hizo que mi vecina de arriba se uniera al coro con sus raros sonidos, que en algún momento me recordó a las gaviotas y con un distinto siseo intercalado.
El tiempo pasaba y la sinfonía continuaba. Recordé las hamacas del albergue puestas en el jardín. Lo pensé despacio; “Me meto en mi saco de dormir, llevo la manta del albergue y duermo bajo las estrellas acompañado del perro del albergue”. Pero esto último me echo para atrás. El perro era de la raza pastor alemán.
Encendí de nuevo mi pequeña linterna, miré el reloj, la una y veinte de la noche. Mi mal humor iba creciendo como los minutos sin dormir, ya no era capaz de centrarme en la lectura del libro, y de lo poco que era capaz de leer, el peregrino escritor del libro, Hape Kerkeling, me restregaba una y otra vez lo bien que dormía Él en León en el Parador de san Marcos.
Decidí apagar la linterna, colocarme en la posición para dormir sin preocuparme del ruido que podía hacer al moverme, di unas toses para aclarar mi garganta, así como una patada a la litera de arriba para que dejara de roncar, pues era la más cercana y la más escandalosa y que pasara lo que pasara, ya estaba preparado para enfrentarme a la valquirias sin la música de Wagner. Ya no pensaba en morir esa noche sin pelear primero.
El sueño y el cansancio hicieron mella en mi y me dormí. No fue mucho, pero creo que de las ocho horas habituales, es posible que llegara a dormir dos o un poco más en intervalos de media hora aproximadamente. Pocas veces deseé tanto que llegara el amanecer.
A las seis de la mañana empezaron los movimientos, yo las miraba desde la penumbra. ¡Que bien habéis dormido!
Las valquirias se van al Camino, tal vez den su último concierto en Santiago de Compostela.
Que el Apóstol las bendiga.
#2164 15/11/2016 15:10
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ArnauRGArnauRG

# Fecha de alta: 20/05/2016

# Edad: 34 años

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Menudo relato y qué tensión !!! :O
#2166 16/11/2016 08:29
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cerintoSin avatar

# Fecha de alta: 05/05/2016

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ja, ja, menudo sentido del humor. Haiche de todo nesta vida!
#6399 24/08/2018 18:52
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MargaSin avatar

# Fecha de alta: 16/07/2018

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Ja ja ja, buenísimo!!! lo he leído hasta el final visualizando toda la situación entre risas y compadeciéndote a ti y a las literas!!!
#6416 27/08/2018 11:28
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Ramón Fernández FernándezRamón Fernández Fernández

# Fecha de alta: 17/07/2016

# Edad: 67 años

# Ubicación: Ourense

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Muchas gracias por tu compasión, Marga, fue una noche tremenda, pero bueno, a la mañana siguiente todo estaba bien y sin daños materiales y personales. Un buen recuerdo. Saludos!!
#6422 28/08/2018 15:18
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Fer de ArgentinaFer de Argentina

# Fecha de alta: 21/07/2016

# Edad: 52 años

# Ubicación: Buenos Aires

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Un capítulo digno del libro 'El Gran Caminante'. Allí hubiese sido conveniente ofrecerle a la vecina de arriba la litera de abajo y colocarse los imprescindibles tapones de silicona en los oídos.
Desde el barrio de Barracas, Buenos Aires, Argentina
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